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Esta es la historia de mi primer parto-cesárea, el día en que me nacieron a Roberto Carlos y Francisco José, un 17 de Octubre de 2000.


Mis reflexiones sobre mi parto han pasado por muchas etapas, en parte porque creo que he ido madurando, he ido enriqueciéndome en información gracias a muchas personas y documentos, gracias a la que he conocido a mucha gente fantástica que me hubiera gustado conocer mucho antes de estar embarazada. Ahora intento atar cabos, poner las cosas en su sitio, y quiero sobre todo entender lo que pasó. No hay día como muchas mamás que mencione el tema, que piense en él. Hablo con mi madre, hablo con mi marido, son las dos únicas personas que me entienden. Hablo con mi matrona, “hablo” con otras madres de ideas afines…. O simplemente leo, comparo... De todo esto he sacado una conclusión, en realidad no fue más que falta de información, falta de paciencia, mezcla de ilusiones y fracasos, y todo para comprobar que no soy la única que ha pasado por esto, que estáis ahí, que cada día aparece una nueva amiga que nos da una nueva versión de lo que es el parto de una mujer hecho trizas. Y sobre todo reconozco, que en realidad muchas de nuestras historias sobrepasan el sufrimiento que pudo suponerme a mí mi propio parto.

Cuando soñaba que daba a luz, era maravilloso. Lo vivía. En parte creo que la culpa la tiene el que soy guionista, o pretendí serlo, pues mi vida cambió de rumbo cuando fui madre, no sé si algún día acabare alguno de mis proyectos o proyecctaré algunos mejores o peores. Todo en imágenes, volando en mi cabeza. Cuando quedé en estado acababa de pasar por un aborto, pero no imaginé que Dios me iba a recompensar por la pérdida que había tenido en día de Todos los Santos. Fui a ver a una prima de Ico, mi marido, que acababa de dar a luz a mellizos, por cesárea. Además la leche no la había subido, o eso le habían porfiado los médicos. Me ilusioné con aquellas criaturas. Me recorrió el alma una especie de corriente. Yo ya estaba casi segura que estaba embarazada, pero espero unos días más.
Como siempre, el parto no es el único momento en el que una mujer se puede sentir maltratada, por desgracia hay muchos durante las 40 semanas de gestación. Yo tuve mi primer disgusto en la primera consulta con el tocólogo. No era mi médico habitual, iba con un volante medio remendado de peticiones del médico de cabecera. Días antes de saber mi estado me había sentido un bulto en el pecho y me dolía, me asusté, y no me importó el ginecólogo que me tocara, solo quería saber qué pasaba. El doctor Fernández, por si queréis otro en la lista negra, por lo menos en la cuestión del trato profesional, todo un sinvergüenza. Cuando pude saber de quien se trataba en la consulta, desde la sala de espera supe que había caído en un mal sitio. Se me resintieron las entrañas. Mi madre se mosqueó. A ella ya la trató como una analfabeta de la vida en una ocasión. Yo ya había tenido algún encontronazo con él. Le pedí a mi madre que me dejara entrar sola, o se iba a montar el espectáculo. Ya había mujeres que salían discutiendo de la consulta y me preparé porque sabía que lo del volante iba a darme problemas. Y vaya si los dio. De momento me dijo que solo me iba a explorar las mamas y que nada más. Yo le dije que estaba embarazada y no me creyó. “eso dicen muchas que llegan a la consulta, y luego resulta que todo es mentira”. Yo me enojé, “si no me quiere mirar me voy y se acabó. Hay muchos ginecólogos, gracias a Dios”. “Es que su matrona tenía que haber hecho las cosas bien, y no de malas maneras. Yo quiero el volante donde dice que su test de embarazo salió positivo”. Me enfadé más y le dije que si quería más información sobre la veracidad de mi embarazo que llamara a la matrona y se lo dijera en la cara. Lloré, me puse nerviosa y exclamé. De esta manera lo único que va a conseguir es que corra el riesgo de abortar, y no quiero que me vuelva a pasar por su incomprensión”. Le dije hasta lo de mi depresión, y creo que le hizo pupa, porque se acarameló, tanto él como la bruja de la enfermera que le acompañaba. Dicen que Dios los cría y ellos se juntan, qué verdad hay en esas palabras. Por fin se dignaron a abrirme la historia, pero al hacerme la citología me resentí. Desde luego tenía unas manos que mejor cortárselas. Vamos que mejor me habría marchado con la música a otra parte y me habría ido mejor. Me dio una serie de papeles con consejos sobre el embarazo, análisis, y las ecografías. Salí de allí profiriendo insultos, pero me dio igual. Por lo menos mi matrona se interesó por lo ocurrido y me llamó a mi casa, informada por mi médico de cabecera, que la verdad es un solete. Me dijo que me cambiara de gine enseguida, y que además el mío era el doctor Segura, y que se lo rifaban. Así que aprovechara. Pero tenía tanta lista de espera que tuve que ir de nuevo a su consulta al día siguiente de hacerme la primera ecografía. Eran gemelos, y me dijo el ecografista, que era cesárea casi seguro. Yo me negué en rotundo a dar eso por sentado e investigué. El día de la consulta del Dr. Fernández fue como una venganza para mí. Cuando le enseñe la ecografía dijo, “hombre, si son gemelos” y yo le dije, “sí, y eso que no estaba embarazada. Hay tiene la prueba, estoy súper – embazada”. No volví a verle. Lo malo de mi seguimiento prenatal es que cada consulta me la pasó un médico distinto. Después el doctor Segura, luego la doctora Rodríguez, y de aquí un salto a Santa Cristina. Un disgusto más. En la segunda ecografía de embarazo, allá por la semana 20 de gestación, acudo al Hospital. La doctora Alvarez. El mundo es un pañuelo, ya me hizo una ecografía cuando tuve el aborto. Ahora venía con dos churumbeles en el vientre. Nos enteramos de que los bebes eran niños y enseguida les puse nombre. Mi Francisco José fue el primero, como su papá, y el segundo, que yo esperaba que fuera una niña para llamarla Gema María, resultó ser un colilla más y se llamó Roberto Carlos. Pero no encontraban la membrana de división de las bolsas amnióticas. Me temía que eran monocoriónicos – monoamnióticos. Me dije, ¡vaya, más riesgo, señores! Me citaron a otra ecografía en una semana y por fin el doctor Bermejo dio con ella a la primera. Me alivié. La doctora Alvarez es la típica doctora que se apresura en dar diagnósticos que luego resultan ser completamente desacertados. En la semana 33 de embarazo me hicieron otra de las muchas que me hicieron. Había discordancia de crecimiento entre ambos gemelos, algo muy normal de todas maneras en gemelos que comparten la misma bolsa. Como si yo no fuera a entender lo que ponía en el informe, estimó los pesos, muy por encima, claro, pero bajos de todas maneras y puso un” posible inicio de transfusión feto – fetal”. Casi me da un patatús, no creía lo que estaba leyendo. No podía ser. ¡Qué me estaban contando! Pensé, si es verdad, lo mas posible es que haya secuelas en todos los órganos, mis hijos van a nacer enfermos... Pasé una semana de horror, con reposo para intentar levantar el peso de los bebes. El día 21 de septiembre, a semana 34, otro ecografista me dijo que quien me había dicho esa burrada era un incompetente. Era como decir que mis hijos no tenían salvación y que solo se operaba intra-útero en Suiza. Yo había leído que un doctor de la Dexeus había aprendido la técnica de esta operación en Suiza precisamente, y era el único en España. Me tranquilizó saber que todos los órganos estaban bien, el liquido amniótico de cada una de las bolsas era normal y sus riñones estaban bien y que solo se trataba de bebés más pequeños de lo normal, lo que se llamaban crecimiento intrauterino retardado, pero no habría más problemas que hacer un seguimiento fetal de crecimiento y ya está. Me ingresaron para mantenerme en vigilancia fetal y cada día me hacían dos registros, uno en mañana y otro en tarde, dos ecografía en semana, una de ellas doppler y dos dosis de Celestosone cronodose, un corticoide para la maduración pulmonar de los bebés, previniendo que hubiera que sacarlos con urgencia. De allí saldría para mi casa sin barriga, y por desgracia sin ninguno de mis bebés. Me mantuve en el seguimiento fetal tres semanas, me aplicaron tratamiento para evitar contracciones prematuras por indicación de un registro, y por último la doctora Alvarez me hace la última de las ecografías asegurando que los dos bebés estaban cefálicos y que no habría problemas. Desde que ingresé me habían programado el parto pero sin fecha, y sin especificar qué tipo de parto sería. Durante todas las visitas de los médicos me volvieron loca con las probabilidades, entrada la semana 36 el doctor Bermejo, que era en quien más confiaba, porque era el que más claro me hablaba, me dijo. “Si en la siguiente ecografía el segundo gemelo sigue sin progresar por lo menos 100 gramos, te programo la cesárea para el lunes 16”. Le pregunté que por qué cesárea. Y me dijo que precisamente el segundo gemelo, que era el más pequeño y el que se suponía más sufría, estaba transversal, y que no había otra opción”. Pero en cuatro días la doctora Alvarez asegura que están cefálicos y preparados. “Te vamos a inducir.” Yo me había pasado la mitad el embarazo en reposo y en cuclillas, que me encantaba y era como mejor me encontraba. Como era de esperar el lunes 16 de octubre aparecieron con la prostanglandina y me indujeron el parto. Apenas me habían dejado levantarme por fin de la cama la noche anterior, pero me era casi imposible dar tres pasos sin notar como si los niños se fueran a escapar rasgando mi piel. Se habían multiplicado las estrías, mi piel parecía papel de fumar, me tenía que agarrar la tripa con las dos manos juntas. Era un show contemplar en vivo y en directo mi tripa. “Que se te cae la tripa, chiquilla”, me decía una ATS. A pesar de todo las contracciones se hicieron seguir enseguida, de lo cual deduzco que si hubiera estado muy verde se habrían hecho de rogar, pero como me era casi imposible andar, tampoco tuve la oportunidad de dejar que mi parto se desencadenase él solito. O a lo mejor sí, podría haber echado un ki-ki con mi esposo y no habría sido necesario que me hubieran puesto ningún gel. Por lo menos me lo habría pasado bien. Como suele ser ya habitual en todos los casos, y en el caso de los gemelos, el alto riesgo y demás, enseguida se apresuraron a encorrearme con el cardiotocógrafo. Ico no hacía más que mirar el gráfico y a decirme que cada contracción subía más en los números. “Mira, ésta ha llegado hasta 80”. Lo que no me gustó es ver que nada más que registraban a un solo bebé, por turnos, y que ninguna matrona ni enfermera venía a ver, cuando tengo entendido que en este tipo de casos habría sido más que recomendable, pero claro, solo aplican los protocolos que les salen de las narices. Mi madre y mi marido estaban conmigo, durante todo el tiempo. En la tarde vinieron a ponerme otro gel. De paso aprovecharon para explorarme. Me dolió a horrores. Pensé que estaba todavía muy verde. Me tocó estar otras dos horas tumbada, pero antes de acabar el tiempo, me entraron ganas de ir al baño y tuve que preguntar si me podía levantar ya. Me preguntaron que porqué quería ir al baño, y les dije que deseaba hacer caca, y se asustaron. No, si ya hubiera yo querido que los muchachos estuvieran ya a las puertas, listos para caer en cualquier momento. Y al ir al baño, rompí la bolsa de Roberto Carlos. Cayó a chorro, me dio por reírme. El líquido estaba bien, y se me aceleraron las contracciones y el dolor. No pude cenar, no podía. Daba vueltas por la habitación, intentando ponerme así o asá. Pero no había manera. Tenía un dolor en el lado izquierdo que no se aliviaba con nada. En algunas contracciones era desesperante. Llegaron las diez de la noche, incitaron a uno de los dos acompañantes que tenía a abandonar la habitación y mi marido le cedió el sitio a mi madre, que me masajeaba la espalda intentado aliviar mi dolor. Entre exploración y exploración veía las estrellas, no había borrado el cuello del útero y apenas tenía dos centímetros dilatados. Le pedía a mi madre que no llamase a la matrona para nada, que no quería que me tocara. Me puso un calmante que me dejase descansar un rato, creo que fue una hora. La matrona seguía extrañada, sin entender porqué no dilataba si el monitor decía que tenía unas contracciones de caballo, y que aquello no avanzaba. Consultó con alguien y me vino a buscar el celador para llevarme a dilatación. Mucho tiempo después creo que se quiso desentender de mí, porque temía que pasara algo que no pudiese solucionar ella sola. Me recibieron en una sala con cinco mujeres más. Una se retorcía de dolor, quería la epidural y se la negaban porque estaba a punto de parir. Cuando me subí a la cama nadie me ayudó. Me costó mucho subirme a una cama con todos aquellos dolores. Se apresuraron a rasurarme y a ponerme el enema, yo medio catatónica por los dolores ni me enteré de lo que estaba sucediendo. Respiraba en cada contracción. Me obligaron a levantarme de la cama para ir hacer caca por dos veces. No quise ir más porque no tenía más ganas de ir, vaya. Me exploraron y entonces la matrona, que se llamaba Alicia, me dijo que qué hacía en dilatación si sólo estaba de dos centímetros. Bueno, yo creo que estaba de sobra la respuesta. Se supone que era un parto de riesgo, eran gemelos, y estaba muy cansada ya, y todavía me quedaban ocho centímetros para completar la dilatación, y al ritmo que llevaba... me preguntaron que si iba a querer epidural y fue el error más grande de mi vida. Dije que sí, porque no podía con los dolores, no podía con el parto y la ciática. Vino el anestesista, un argentino muy grandón y me pinchó. No debió de colocar bien el catéter porque no me hizo el efecto deseado ya no solo me quejaba, sin decirle a nadie nada, sino que además lloraba amargamente. NO sé si les asustó, pero en anestesista volvió y me tuvo que volver a pinchar porque se había salido el catéter. Sentí la epidural correr por mi espalda y sentí una agradable sensación. Me pusieron los registros. Uno cefálico para Roberto Carlos y otro abdominal para controlar a Francisco José. Me relajé, me dormí a ratos, me fueron explorando cuando les pareció, dieron distintas versiones sobre las medidas y llegó la mañana, y yo sin acabar de dilatar. Entró mi marido, que cuando le llamaron se esperaba que ya había llegado el momento del parto. Pero me vio tan fresca como una lechuga leyendo una revista del corazón. Seguí dilatando lentamente. Entro en el turno el doctor Bermejo, se fue, y entró el doctor Segura. Estuvo hablando conmigo, mi madre le había pedido que no me abandonara, que ya llevaba mucho tiempo. Eran casi las 18.00 del 17 de octubre. Me habían inducido el 16 a las 10:00 de la mañana. Amelia, una ATS se enfadaba cada vez que las cunas térmicas se apagaban. Ese día hacía frío. Me acerco a los 9 centímetros. Me emociona saber que pronto se acabará todo y podré abrazar a mis hijos. Me dicen que empuje cuando me exploran. No acaban de decirme que estoy de 10 cm. Le pregunto a uno de los médicos cómo lo ve. Me dice que Francisco está transversal, y yo le pregunto si pretenden que me trague los dos partos, vaginal y cesárea. Me dice que muy probablemente. Les digo que no tiene gracia, y que si al final me van a hacer una cesárea, que no me hagan más sufrir. Pero él dice que siempre hay que intentar un parto vaginal porque es mucho mejor para mí y para los niños. Por lo menos agradezco su sinceridad y que me den una oportunidad. De pronto oigo un revuelo, llegan médicos por aquí y por allá. Me desconectan de la máquina del registro y me llevan con la camilla al paritorio. Estoy de 10 cm aunque con un reborde. No entiendo lo del reborde. Me preparan me suben en el potro y me lo elevan hasta estar casi sentada. Me indican como debo agarrarme a los estribos y pujar a la indicación del doctor Segura. Les digo que hay contracciones que siento muy bien a pesar de la epidural y me dicen que si las siento que puje cuando lleguen también. Me avisan de la primera contracción y pujo, empujo, empujo, me dicen que pare, viene otra, la siento, pujo de nuevo, empujo. Veo al doctor meter la mano dentro de mí. “Para, no empujes, más. El bebé no apoya, hay que hacer cesárea.” ¡Cómo! Me puse a llorar. No me dan más tiempo, acababa de entrar en 10 cm de dilatación y no dejan esperar mas tiempo para ver si sucede el milagro. “Que se despida del marido y para el quirófano”. Ico estaba en la puerta del paritorio. Ni siquiera le habían dejado acercarse a mí en ese mini intento de parto. Amelia me termina de rasurar por completo. Mi marido me consuela, le siento abatido, le siento preocupado. Creo que tiene lágrimas en los ojos. Me llevan al quirófano y me preparan. Por lo menos la anestesista es mujer y me apoya, el quirófano se ha convertido en un circo, como estaba el paritorio. Todos querían ver a los gemelos de la Cárcamo. (Mi apellido). Al primer vacío que experimenta mi cuerpo oigo a Roberto llorar, y aun cuando estoy escribiendo esto se me caen las lágrimas. Hubiera dado todo por verlo en ese momento, porque alguien me lo hubiera mostrado tal cual. Al segundo vacío que experimenta mi cuerpo oigo llorar a mi Fran. “Este es más pequeño, pero que ojos tiene el jodío”, y me río por la conversación de los cirujanos. Pero tampoco me lo enseñan. Conforme pasan los minutos me atonto, me enseñan por fin a Roberto Carlos, pero como estoy atada, no puedo abrazarle. Le beso, pero sin gafas apenas le puedo distinguir muy bien. No pude ver a mi Fran porque caí rendida por el cansancio y la epidural. Cuando desperté salía al pasillo, mi madre me esperaba, “mama, todo me ha salido mal”, pero qué le iba a decir a mi madre que ya no supiera ella. No puedo aguantar escribir esto sin que los ojos se me llenen de lágrimas. Sé que lo ha pasado mal en la vida, porque me ha visto mal, muy mal, con una depresión que me dejó en los huesos, con una carta de deseo de suicidio, con un ingreso en el provincial psiquiátrico de Madrid. Pero dice que no lo pasó tan mal como en esos momentos, cuando intentaba parir, cuando sentía que como ella, la suerte no le acompañó en el parto, y nací con fórceps, me tuvieron que reanimar, decían que me moría yo y se moría mi madre, y la historia casi se repetía de nuevo. Cuando mi madre se enteró al día siguiente de que había parido una niña, dijo “¡ay! Otra mujer para sufrir en el mundo! Y ese sufrir era éste, no puede ser otro. No quiso ver a los niños, solo quería verme a mí. Los niños le importaban en esos momentos un pepino, ellos estaban de todas formas bien. En esos días dije que no volvería a tener más hijos. Con dos tenía bastante. Luego quise una niña y me nacieron otros dos, por cesárea, claro, qué iba a esperar. Ahora me replican que estuve loca por querer tener más.

Nadie me preguntó si les iba a dar el pecho, como es natural, así que se los llevaron a neonatos sin decir ni pío, les dieron un biberón de leche de fórmula y a las 24 horas sin saber nada de ellos, baje a conocerlos, y atontada, cogiendo a mi Roberto y buscando una incubadora donde estuviera mi Francisco…que era igual que mi madre el pitufo….con el culete en pompa…pero les habían dado un biberón ya….le teta me la guarde, decepcionada, y me dijeron que si quería darles el pecho pidiera un sacaleches en planta, que me estimulara cada 3 horas. En planta me dieron un sacaleches de pera, de los mas anticuado, antihigiénico…¿pero todavía se usa esto???? Pero seguía emocionada…a pesar de todo el desastre que me habían puesto delante. Me saque leche, cada tres horas y salía leche, salía calostro, amarillo, cremosito…donde lo echaba???? Pregunte y me dijeron que lo tirara por la cañería….¡demonios! eso es un pecado divino. ¿y que pasa con mis hijos? Seguro que creyeron que no iba a salir leche, dirían “pobre, se cree que ya le va a salir leche para alimentar a dos criaturas” pues vaya, si llene un v aso de 200 ml en una noche….una loza que tuvieron que tirar, pobres, porque yo metí la leche que tenia que estar destinada a mis hijos en un vaso de la loza hospitalaria, pues que se chinche, esto es para demostrar que tengo leche…fue mi venganza….

Estaba deseando ponerme a mis hijos al pecho, ponerlos como en las fotos del libro de gemelos, cuando baje por fin pude poner a mi Roberto, que se prendió al pecho como un osito, divinamente a pesar de los biberones…pero aun así me hizo un poco de grietas….pero curaron pronto. Poco a poco fueron aprendiendo…pero mi Francisco seguía en la incubadora, por peso bajo, no conocían el método madre canguro ¿Qué no conocen este método??? Este Hospital esta en la época del Neandertal….aunque casi hubiera sido mejor…seguro que no habría habido mas remedio que ponerle pegado a mi pecho con mi calor…Enseguida me fui a sacar leche, porque no me dejaban darle el pecho directamente para que no cogiera frío, y de nuevo se quedaron alucinadas las enfermeras, que se pensaban , pobres, que no iba atener leche, y parecía la central lechera asturiana….pero querían verlo, medirlo…si no hubieran visto mi leche y la cantidad en la que producía, para abastecer a otro bebe mas, me habrían presionado…simplemente a mi cuerpo le dio por responder a ese sacaleches, pero otras madres, a pesare de estar bien estimulada, no ve la leche, le siente mejor su hijo cuando mama…sin duda el mejor sacaleches del mundo: un bebe.

Cuando me dieron el alta de Roberto, Francisco seguid allí, con una curva lenta…seguramente no tomaba tanta leche como su hermano, que lo hacia al pecho, porque le deban biberón…aunque de mi leche…tardaba mas…Esto me hizo perder la confianza, si iba lento es que necesitaba tomar x cantidad y me obsesione que acabe haciendo al final una lactancia diferida, aunque la lactancia directa se inicio bien, después de engañar a una enfermera diciéndole que ya había dado de mamar a mi Francisco, que sino…Cuando salio de alta y ya en casa, fue lo que fue…medio directa, medio diferida, obsesionada….¡cuanto he tenido que aprender! Bien pague la novatada, bien….

 

 

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